Veranos pasados de amores eternos (y viceversa)

Fue en un pueblo con mar. Una noche, y a partir de aquí, cada cual podrá escribir el poema – en voz de Sabina, seguro- pero sobre su propio romance.  

El verano nos devuelve aquellos días de salitre, de amor al arrullo de gaviotas y de nombres pasajeros. Paseando por el muelle, hoy también se descubren nuevos nombres inscritos en las gruesas paredes de hormigón, en las piedras que dan nombre a esta columna. A esta Pedrada.

Iniciales unidas por una X y un inocente corazón. Muchas de las personas que pasaron por nuestra vida, lo hicieron durante el verano. Amistades, leales, fraternas, pasajeras e interesadas, el verano siempre fue una escuela de vida de encuentros y despedidas y de amor.

Del calor a la tormenta. De la ilusión por sorprender una mirada furtiva, a la congoja al asumir que nunca más volverías a cruzarte con aquella persona con quien te prometiste la luna y el sol. Aquella o aquel que, en la intimidad de tu corazón, aun da nombre al año donde la juventud nos hacía mejores de lo que ya nunca seremos.  Son  la suma de años, los que dan significado a otros nombres que están o que pueden estar por llegar. Cambian las modas, el longitud del traje de baño, la redecilla interior que cedió su espacio a los gayumbos náuticos, a los bikinis en peligro de extinción textil.  

Pero por mucho que todo cambie, nada lo hace en esencia: , el verano es un recuerdo constante de esa juventud que muchos de nosotros identifica ya con ese mes de agosto que no volverá o tal vez sí. Porque  tal estemos  en el septiembre de nuestras vidas y por eso recordamos con tanto cariño, al amor que ahora nos sonríe, nos saluda, con la gentileza que concede el mundo adulto,el respeto, debido a quien alguna vez ocupó su corazón.

Que agosto le sorprenda con viento favorable.  Para que cuando acabe su verano el ritmo de la bossa austral alcance el significado que -como en la canción- un palo y esta Pedrada tiene para el fin del camino.  

Palabras sueltas

Weblog sobre radio, comunicación e historias del día a día. Me defino como un radioyente metido a locutor, pues el periodismo siempre fue una excusa para acortar distancias.