Quien dice quién

Ya que estamos de presentación de temporada, hago lo propio. Me llamo Jon y hace un tiempo perdí mi carné de identidad. Y, de paso,  mi nombre.  A ojos del agente que redactó el atestado, “se presenta en esta comisaría quien dice ser Jon Bilbao”.  

Jamás había pensado en las consecuencias de perder una cartulina con un chip incrustado. Claro, no tenía ningún papel que probara que yo era quien decía ser. La cartera que había perdido contenía el carné de conducir y todas las tarjetas de fidelización; ésas donde, a fuerza de malgastar, piensas que eres especial por cargar con un plástico en formato DIN A 7  Pero volviendo al DNI, aquella denuncia y esa frase “quien dice ser Jon Bilbao” se transformó ante mis ojos en un tratado de filosofía:  ¿Quién soy? ¿Quién dice que soy yo quien digo ser?  

Mis padres me dieron nombre, y a partir de ahí todos dijeron que este trozo de carne con piernas y alguna que otra idea peregrina se da en llamar Jon Bilbao. Pero eso no es tampoco muy original que digamos. Hay un escritor, un patrón de cabotaje, un antiguo portavoz de los empresarios, un concejal, un histórico biógrafo exiliado, un remero e incluso el camarero que me atendió en un restaurante que dicen llamarse como yo. Y viceversa. De vez en cuando incluso debo sacar de su confusión a algún oyente o devolver los lectores a su autor. Tal vez alguno de quienes escuchen esta pedrada se llame también Jon Bilbao, o conoce a alguien que dice llamarse así. No se fíen; que somos muchos para nada bueno.  

En castellano existe una palabra, sosias, que define a la persona que puede ser confundida con otra. Sosia era el personaje del Anfitrión de Plauto. Pero a aquel policía poco le importaban mis divagaciones, pues bastante tenía con  mecanografiar con la cadencia propia de un perezoso de tres dedos asistido por la tortuga boba y el caracol de jardín.  

Somos un número. Bueno, en realidad, 8 números y una letra sobre un papel. Todo lo que nos nombra se reduce a un código de barras que debe ser validado por la autoridad bien musculada y de cuestionada competencia en el arte de la mecanografía, y que ahí seguía dale que te pego. Vamos, sobrado de dominadas y de escaso dominio de la tecla. Pero gracias a su paciente y esforzada escritura, tuve tiempo para cavilar sobre la identidad y recordar un libro, siempre bueno, de Saramago, siempre genio. En “El hombre duplicado” el Nobel portugués nos recuerda que cuanto más te disfraces más te parecerás a ti mismo. Al fin y al cabo, somos reflejo de lo que otros dieron un nombre propio que la mayoría resume en un vulgar “tú” . 

“La luz que decimos de la Luna, luz de Luna no es, más siempre, y únicamente luz del Sol” 

Palabras sueltas

Weblog sobre radio, comunicación e historias del día a día. Me defino como un radioyente metido a locutor, pues el periodismo siempre fue una excusa para acortar distancias.