La ruta del colesterol te regala conversaciones sobrevenidas. Auténticas perlas que contrastan con las gotas de sudor de las viandantes y la mala baba que se gastan en ocasiones como la que reproduzco:
– Son las mismas cacatúas preguntando a todas horas de dónde vienes y a dónde vas. – se sinceraba una mujer a su acompañante de caminata.
– Por lo menos, ya se están extinguiendo- se congratulaba la otra.
«Cacatúas en extinción». Se referían, me temo, a lo que esta sociedad -que lucha de boquilla frente al edadismo y los micromachismos- prejuzga de mujeres de avanzada edad preocupadas por el bienestar de sus vecinas.
Cacatúas en extinción…. Paso ligero en chandal y verbo ágil en boca para criticar a conciencia. Son estas confidencias en la confianza las que más certeramente reflejan los vaivenes sociales. Auténticos terremotos demoscópicos donde se obtiene una imagen clara de la realidad, con permiso del cuñadismo de la barra de bar.
Siempre se dijo que de una boda salía otra. Y tú cuando te animas… Mira, ya tienes la parejita y eso que llevas por delante. Las de hoy, ya se sabe. Qué poca paciencia… ¿Y sólo tienes uno?
Y fíjate que a mí ni me va ni me viene, pero siempre he tenido oído fino. Entrenado para frases hechas que entienden la igualdad como sociedades a troquel. Porque el control social siempre ha tenido distintas caras, pero la misma perspectiva. Sí, el balcón. Esa atalaya situada en lo alto de un barrio desde donde se otean presas fáciles y oyen conversaciones ajenas, los nombres de mascotas desobedientes , los planes vacacionales de la que habita dos pisos por encima del tuyo, el cansancio de quien viene tarde de la playa o el monte, los planes de fin de semana de alguien con quien jamás has cruzado palabra, o el último beso antes del adiós de esa pareja de enamorados que van camino de perderlo de tanto usarlo. (Lo mucho cansa…) El barrio se convierte en la caja de resonancia. Eco que reverbera para mayor gloria del control social. Siempre hay barrios y barrios, clases y clases.

«Cacatúas en extinción»… ¿seguro?
No se confundan: las cotillas de mirilla están mutando. Metomentodos telefónicos a las que basta una pantalla para seguir plantando batalla. Discretas chismosas, que no tienen otra cosa. Sin género, ni dudas, personas a las que una pantalla y una conexión a Internet les dan la vida que no tienen y envidian de sus víctimas. Pobres ignorantes de que las cacatúas -mujeres y también hombres- lejos de extinguirse, ya no precisan de asomarse al balcón para perpetuar su especie.








