Agua va

Pasta gratinada. Librito de lomo. Cuajada de café. Un menú del día sencillo. Correcto. ¿Y de beber? Agua, para hidratar; y gaseosa, para desengrasar el esófago. Precio correcto. Comedor familiar en un área de servicio. A las mesas, transportistas, parejas que volvían de escapadas y familias, es decir, niños junto a parejas sin posibilidad de escapatoria. Grito va, camarero viene. Lo normal.

Y en estas llegó ella. Estilizada, con sus curvas, vestida de rojo. Insinuante. Sobre los pliegues de su cintura unas pequeñas gotas evidenciaban el contraste entre la frescura que proyectaba su talle y el calor que reinaba entre el respetable. Llegó con naturalidad. Se plantó en nuestra mesa, altiva… Observé a mi alrededor y todas las miradas se clavaron en ella y en mí. Sabía que no había alternativa. Era mi momento, esos momentos donde un hombre o señoro se la juega. Así que me remangué así su cintura con mi mano izquierda y paseé mi mano derecha sin ningún tipo de pudor, decidido como estaba a estrujar el cuello de aquella botella que no había hijo madre que abriera.

No les hablo del clásico sistema impuesto por la legislación comunitaria. Se trataba de un tapón rojo, plano, apretado con saña sobre la boca o el labio, que así se llama esta sección anatómica de la botella. El tuto, que decimos en mi casa. Ahí estaba yo: con sonrisa de circunstancias y unos comensales ansiosos de mojar el gaznate. Y en éstas, se abrió… Se abrió por todo lo alto, lo bajo, lo horizontal y lo vertical. El agua nos regó de pies a cabeza. Me sentí como Carmen Maura en «La Ley del Deseo», correspondido con creces.

Menuda mojadura por culpa de aquella botella, por culpa del satánico sistema que da razones a quienes no la tiene. Gente que mezcla sucedidos como éste con el descrédito ante la emergencia climática. Porque inventos los hay de todo tipo y condición, y muchas que nos saquen de nuestras casillas: el anillamiento de latas de refresco, el habitual atasco del contenedor de la ropa usada, el cono de helado que servía para recoger colillas en la playa,

Hablemos de diseño, cuestionemos si es la solución más práctica, pero caigamos en la tentación del discurso oportunista y ultra. Ese que nos invita a negar la realidad, aunque ésta nos bañe a deshora. Es la hora del planeta: comienza la COP30 llamada a renovar objetivos. La ambición climática necesita de financiación. Son las regiones quienes implementan la mayor parte de soluciones destinadas a mitigar las emisiones de efecto invernadero y adaptar nuestro territorio frente a las consecuencias del cambio climático. Esperemos que el escepticismo de Trump no reduzca su importancia a un nuevo jarro de agua fría.

Palabras sueltas

Weblog sobre radio, comunicación e historias del día a día. Me defino como un radioyente metido a locutor, pues el periodismo siempre fue una excusa para acortar distancias.