No digan que no

No.  

Es una palabra poderosa. También doliente.  

ENE – O 

Su peso es incontestable gracias al sonido combinado de la nasal alveolar y la cuarta vocal, la o, vocal media y posterior.  

No.

¿Cuántas veces no la habremos escuchado? 

En boca de nuestros padres, de profesores, de amigos, de primeros amores, de jefes, de agentes de la autoridad, de cuñados, de tantas y tantas personas que a veces perdemos la cuenta del la negatividad que proyecta el adverbio de marras. 

¿Cuántas veces no la habremos pronunciado? 

Todos recordamos nuestras negativas. El no supone un muro de contención frente a aquello que entendemos agresivo. Es la respuesta que repele el verbo dañino a nuestros intereses. La puerta en las narices que se repite en incontables idiomas, fundamentalmente romances., no así en euskera.  

EZ es NO. 

Ambas se combinan en pancartas que manifiestan su rechazo, su condena, su denuncia pública. 

Pero el NO simboliza el cable rojo que alguien corta para detonar una situación incómoda. Sería imposible negar la realidad. Afirma el Instituto de Neurociencia Cognitiva de la Universidad de Londres que, cuando debemos responder a una petición, el cerebro activa mecanismos de alerta que generan ansiedad. Al parece, inconscientemene, nos da miedo  que una negativa pueda poner en peligro la relación que mantenemos con alguien. Lo llaman asertividad. Y sin embargo, nos cuesta.

Fíjense si nos cuesta que no hay ningún estudio que revele cuántas veces decimos no en un período concreto. En cambio, somos más dados al engaño. Algunos investigadores han analizado la frecuencia de las mentiras y, según las fuentes, se estima que pronunciamos entre 20 y 200 mentiras al día.  

Hay que decir no, más claro, más alto y también más a menudo… No me digan que no 

Palabras sueltas

Weblog sobre radio, comunicación e historias del día a día. Me defino como un radioyente metido a locutor, pues el periodismo siempre fue una excusa para acortar distancias.