Llueve y está mojada la carretera

Los años no pasan en balde sino a cántaros. Eso pensaba el miércoles cuando la lluvia empezó a engordar, a caer con furia sobre el asfalto. En ese momento la carretera se convirtió ante mis ojos en una pista de montaña, la línea se desdibujó por completo sobre la calzada y recordé que debería pedir cita en el oftalmólogo.  

También me acordé de lo que ha llovido desde aquella cada vez más lejana infancia y de aquel pensamiento mágico que me llevaba a pensar que la culpa de los baches en las carreteras era de los obreros y del pulso al asfaltar la calzada. No había visto una apisonadora en mi corta vida, pero la imaginación ya me llevaba a pensar que las fronteras, más que líneas imaginarias, se reducen a juntas de dilatación entre dos carreteras asfaltadas a destiempo en función de la renta o la incompetencia en la materia.  

Y mientras mi mente divagaba, el granizo tamborileaba con saña para espanto de mi limpiaparabrisas, que no encontraba consuelo para secar tanta lágrima sobrevenida. Al tiempo, noté cómo un acceso de adrenalina me prevenía de que no todas las curvas estaban señalizadas, de que la línea continua se desvanecía en función del año en el que había sido reparado ese tramo de carretera.  

Por mi mente desfilaron entonces las actualizaciones de las señales: que si la niña lleva al niño, la silueta modernizada  de los vehículos… o los jabalíes, que consiguieron tener su señal propia gracias a que la especie está detrás del 40 % de las desgracias o siniestros con fauna. Sólo me faltaba eso, pensé., chocarme con un jabato tan desorientado como lo estoy yo ahora.

El RACVN indica que la deficiente visibilidad de señales y marcas aumenta el riesgo de siniestros, especialmente para motoristas y conductores mayores. El club de automovilistas vasconavarro considera que el estado de conservación no es acorde con el nivel de tráfico actual ni con el volumen récord de desplazamientos registrado en los últimos años 

Fue entonces cuando creí despertar de la pesadilla y suspirar con alivio ya que todo el mundo sabe que no hay carreteras mejores que las nuestras. Como pensaba de crío, aquí apenas no hay baches porque nunca nos tiembla el pulso.

¿Te ríes o qué? 

Palabras sueltas

Weblog sobre radio, comunicación e historias del día a día. Me defino como un radioyente metido a locutor, pues el periodismo siempre fue una excusa para acortar distancias.