«Generalmente escribo de noche. A veces lo hago de mañana. Pero siempre es cuando me dejan hacerlo».
Mario Benedetti, escritor uruguayo (1920 – 2009)
Toda rúbrica que cierra una carta, toda firma, simboliza un adiós. El trazo que sella la despedida, un último aliento como el que en estas fechas nos habla del legado de grandes personalidades. Premios literarios, líderes religiosos, destacados políticos.
Referentes en la diferencia.
Curiosamente en estos días de condolencias, casi todos mis bolígrafos han dejado de pintar. Hasta tres tuve que desechar mientras sudaba tinta en el vano intento de escribir. Cilíndricos, octogonales, hexagonales. Cada uno de ellos tenía una historia diferente. No son plumas estilográficas, sino bolis naranjas que escriben fino o de cristal que escriben normal. Otros muchos, pura publicidad. Bolis agotados de anotar, o viceversa: que se nota cómo se agotan.
Es en la falta de color donde se percibe la fuerza del trazo y la ausencia de fondo. También el paso del tiempo porque, esa pelea final donde se enfrentan boli y folio en blanco, supone una capitulación formal y el reconocimiento explícito de lo rápido que se mueve esto.
A vuelapluma.
Quien no parece tener dificultades con sus bolígrafos es Donald Trump: ni para firmar órdenes ejecutivas ni tampoco para reescribir sus amenazas o sacar punta a todo mientras emplea su grueso rotulador. Hay quien nos acostumbra a renglones torcidos y otros que se empeñan en retorcer las palabras para dar sentido a nuestras vidas.
Son semanas de despedidas, decía antes, de grandes figuras que nos obsequiaron con su lúcida retórica, cargando las tintas para instar a la reflexión colectiva. Desde distintas perspectivas, con idéntico mensaje. «La ternura es el lenguaje de los más fuertes», sentenció Francisco. Por encima de las palabras concretas, compartían un mismo idioma. «Prefiero leer y pensar mucho. Escribir ayuda a ordenar y clarificar los pensamientos», apuntaba Mujica.
Escribir para pensar. Hasta quedarse sin tinta ni tiempo.
Esto explica el aplauso cerrado, siempre reservado a quienes supieron rubricar su obra a través de sus propias acciones. Desde el humanismo, por encima de credos religiosos e ideologías.
A decir del periodista Andrés Danza, con quien conversamos en Boulevard de Radio Euskadi, Mujica era una «oveja negra». Un libertario consumado y consumido tras una vida plena, con claroscuros, a su forma y firma.
El Río de la Plata, justamente, separa Buenos Aires y Montevideo y a dos nombres diferentes de practicar el humanismo: Francisco y Mujica. También sus márgenes simbolizan las antípodas políticas de la identidad libertaria, de la motosierra a la chacra, de Milei a Mujica. Esto es, de entender la propia plata. «El dinero debe servir y no gobernar», alertaba Francisco a los líderes mundiales del G-8. Hablando en plata, Mujica recordó siempre que ésta sustrae tiempo de vida y libertad:
Y la plata, siempre la Plata, que distingue en vida, pero que carece de valor en la eternidad, al cruzar a ese otro lado del río.
Suena a sermón papal, a discurso político izquierdista, mas reconforta que los caminos ideológicos de religión y ética coincidan en dos personalidades imperfectas y en un adiós compartido. Sirva éste como rúbrica en el recuerdo a dos hombres separados vitalmente por las aguas revueltas de un río argento, situados a ambas orillas del abismo ideológico, hasta que sus propias vidas confluyeron, aportando lo mejor de cada cual, en el lecho oceánico donde reposa la esencia del humanismo universal y al que se asoma, doliente, toda sociedad huérfana de espíritu o ideal.
Creo que he visto una luz al otro lado del Río (de la Plata).
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