A veces es un vagón de tren,.
Otras la consulta de un hospital,
Una cafetería…
incluso en la cola del supermercado.
Las conversaciones ajenas forman parte de nuestra vida. Nos dan en qué pensar y siempre un buen motivo para la reflexión. No me refiero a poner la oreja, sino que esa cháchara sobrevenida te rodee y no te permita escapar. Quieras o no.
¿Qué necesidad tengo de imaginarme a una señora manteniendo sexo con quien habla por teléfono y le susurra sus secretos más íntimos? ( mientras pone a caldo a su cuñada… #RolloRaro )
O presenciar cómo basta que alguien se apee del autobús para que su -hasta ese preciso momento- afable acompañante aproveche para ponerle a parir sin sonrojarse ni siquiera por el calor veraniego.
El teléfono móvil nos ha regalado momentos impagables, y trayectos en transporte público que no tienen precio. Esas llamadas que empiezan en el centro de la capital y se prolongan hasta la estación término… Ya quedaremos – se despiden. No para hablar, intuyo, porque después de lo dicho, poco quedará por añadir.
Otra variante es el bafle. Estás en un discoteca y de pronto…
…
..
.
Se hace el silencio… salvo para alguna palabra inoportuna que queda en el aire, en suspenso, mientras todas las miradas se clavan en quien confesó un secreto a voces al amparo de ese maldito altavoz atronador que le da por enmudecer en el momento clave.
Aunque socialmente cotillear está visto como algo negativo, resulta que puede resultar saludable emocionalmente al desarrollar la inteligencia social. Lo afirma un estudio -otro más que posteriores investigaciones cuestionarán en un futuro- que lleva la firma de un equipo de la Universidad de Stanford.
Si no fuera por esos momentos, nuestras vidas no tejerían historias tan variadas. Momentos donde decae toda ley de protección de datos, o de vergüenza ajena, para asumir que también nuestras cuitas pueden ser objeto del deseo de quien posa su mirada sobre ti en silencio. Con aire ausente pero dispuesto a atacar ante la menor oportunidad de inmiscuirse en la conversación ajena o anexa, según se mire.
Al fin y al cabo, como dijo el autor escocés Thomas Carlyle, “La historia es como una destilación del chismorreo”.









