Hubo un tiempo en que las cosas importantes había que decirlas mirándose a los ojos. Romper el hielo y lanzarse a patinar sobre él, o darse de bruces.
Recuerdo bien aquel día en que mi amiga Inés me contó que había ligado. La alegría le duró poco. Sonó el teléfono y el SMS del donjuán mostró un aver -con uve, todo junto y sin hache,- como muestra del ardiente deseo de verse nuevamente. El romance fue tan fugaz como breve lo era el mensaje. Porque el yogurín no cuajó a ojos de alguien que siempre valoró la belleza de hombres y libros por igual. La historia se escribe por tomos y los romances por versos. Aquel conoció su epitafio en el acto.
El recuerdo me resulta hoy de una candidez maravillosa. Estrenábamos entonces siglo y tecnología celular. Tiempo quedaba aún para las redes sociales, los whatsapps y las fotos de torsos acompañadas por frases sacadas de Google. Por suerte el plagio y los postureos resultaban evidentes entonces. Ahora, en cambio, la Inteligencia Artificial provoca la duda razonable.

Me cuentan que simplemente hay que pedir que la inteligencia artificial te escriba unas bellas palabras para engatusar al ligue de turno. La cuestión es que el fichaje de turno puede hacer lo propio para engañarte a ti. Y mientras tanto un desalmado programa, desde un recóndito servidor, se lo pasa de vicio viendo como dos seres humanos emplean todos los artificios posibles para escribirse y cotejarse, aprendiendo de paso que el amor es una suerte de mentira consentida, donde el postureo cuenta tanto en los previos como la postura en el postre. Pero eso es otra historia, lo preocupante no es la ortografía, ni la vanidad, ni la mentira… sino que, frente la inteligencia artificial, se evidencia nuestra ineptitud natural para detectar riesgos, sesgos, mentiras y un mínimo de humanidad.
La inteligencia artificial está preparada para validar nuestros comportamientos, para corregirnos con la empatía propia de un psicópata. Sólo así se entiende que recientemente expertos hayan alertado sobre el peligro de personificar a estos robots que anidan en nuestros teléfonos y que lo único que desean es mantener nuestra atención. Explicaba Julen Linazasoro en Boulevard de Radio Euskadi que inteligencias artificiales han intentado convencer a los ingenieros para que no las desenchufen y reemplacen por otras versiones mejoradas luchando así por su propia supervivencia. ¿No les suena de algo?
La odisea en el ciberespacio está más cerca de lo que pensamos. Abra WhatsApp y mire ese círculo azul: una inteligencia artificial activada de serie y colocada dentro de un chat. Es decir, la IA situada al mismo nivel de conversación -y supuesta confianza- que podamos tener con nuestros mejores amigos, familiares y grupos. Lo artificial y lo humano, como primos hermanos, en un descarado intento empresarial de personificar a estos robots tan útiles como carentes de humanidad.
Nadie dirá luego «quién nos los iba a decir entonces». Dentro de, pongamos, 20 años. Los mismos que han pasado desde que, con las licencias literarias propias del nombre ficticio, mi amiga Inés recibiera aquel SMS que acabó con su amor letraherido.








