Dejamos atrás días de ilusión y magia en los que nuestros deseos encontraron en los zapatos vacíos una bella metáfora, aunque cuestionable.
Me faltó valor. Como al león de la historia que disfrutaba aquella tarde. No sé porqué les cuento esto ahora cuando entonces no reuní el arrojo suficiente para afear su conducta. Sucedió en plenas navidades, a pocos días de que los zapatos aguardasen vacíos la llegada de los magos de Oriente.
Era un teatro, grande, espacioso… El musical prometía tres horas de diversión melódica. El aforo mayoritariamente infantil, acompañantes, melómanos y algún espíritu libre. Tomé asiento en mi amplia butaca, saludé a mi izquierda y nadie se dio por aludida. Procuré apoyarme dentro de los límites del espacio asignado, previniendo cualquier conato de rivalidad con los codos. Todo parecía ir a pedir de boca. La actriz cantaba a las mil maravillas. El zapato rojo de la bruja se ajustó a los pies de la protagonistas y empezamos nuestro peregrinaje por el camino de baldosas, que no flechas, amarillas.
Y se ve que a mí agradable convecina de butaca, los zapatos de Dorothy le apretaban un poco. Tardó algo más en descalzarse y otro poco en pisar el respaldo de la fila de espectadores que nos obsequiaba con la vista de sus cogotes. Y así, a poquitines, fue subiendo su bello pie acalcetinado mientras se recostillaba a gusto sobre el cuero para disgusto de las buenas formas. En su derecho estaba, faltaría más. Su pie fue reptando hasta ubicarse en lo más alto de la butaca de la persona que se ubicaba inmediatamente delante. No olía mal, tampoco bien… pero pintaba fatal: un volcán empezó a reverberar en la boca de mi estómago.

Por suerte, los controladores aéreos que monitorizan mis movimientos sísmicos me instaron a que pasara en moto y a quinientos. Que no dijera nada. Que cada cual se retrata y que vete a saber si la persona que se sentaba ante su pie estaba disfrutando del cálido aroma que desprendían aquellos 5 dedos, planta y talón forrados de lana pura de oveja. Aborregados como estamos, no repuse nada sobre mi estatura ni sobre mis largas piernas, que padecían la habitual presión sobre la rótula. Hubiera sido la ocasión perfecta para reivindicar el manspreading -o despatarre de señoro-, pero por suerte para ella se impusieron las formas y la educación de la que carecía en el arte de la compostura. Y el silencio, la paz y el auto conocimiento que me ayudaron a contener mi reprís inicial de varón educado a la antigua usanza. Que sean otros u otras quienes te salgan al paso, o al pie, Dorothy. O que te premien por tus usos y costumbres -pensé-, mientras mi perplejidad encontraba consuelo en el «Sólo sé que no sé nada» que refería Platón sobre Sócrates.
Ignorante ante las nuevas formas de convivencia, de pronto, se oyeron desde el escenario unas palabras que podrían haber brotado de mi propia boca:
De veras que no. No sé nada. Como ves, estoy relleno de paja, de modo que no tengo sesos- dijo el Espantapájaros
Baum, Frank. El maravilloso mago de Oz, 1900.







