Dar (o leer) mi palabra

Podría hablar de Groenlandia y el caos que propicia el universo Trump, o el universo en sí mismo.  De noticias sobre malogrados porteros  de fútbol que acabaron por cautivarnos con su tez morena y cálida  voz.  De como uno, rubio, y el otro, moreno, afrontan las acusaciones de agresiones sexuales. Del paralelismo y el juicio sumarísimo que se dicta sobre sus actos a razón de la ideología del que opine. Sin embargo, me resulta más cautivador juzgar las figuras retóricas de quien condena, defiende o difama.

Puestos a señalar la luna, hay políticos que directamente emplean el dedo medio para articular la peineta con que obsequiar a su rival político e insultar la inteligencia de su audiencia.  La política se define como el arte de lo posible y la retórica, el arte de la persuasión. Sin embargo, loos apuntes de Aristóteles van más allá del postureo político, de posar sin esconder las manos, emplear colores neutros, juntar los dedos en las fotos oficiales o fingir durante días una intensísima agenda política, repleta de tensión y declaraciones de saldo,  cuyo desenlace estaba cantado. O leído, aunque todos sepamos que nunca será el final, sino una escala, un transfer, en el aeropuerto.

Tantas cosas se ven, se dicen y se leen que nadie repara en las palabras y su valor. El tono de una comparecencia es tan importante como lo que se dice:

Confiar en la justicia.

No nos temblará la mano.

La seguridad técnica del procedimiento.

Que estaremos mal pero en Irán, o Madrid, mucho peor.

Y luego está lo de  la competencia lectora,  que no parece formar parte del paquete de  transferencias pendientes. Leer está bien, hablar  sin esconderse siempre tras un discurso escrito, aún mejor .

Que digo yo que cuando uno va con todas las de la ley y con la verdad en la mano sus argumentos han de interiorizarse sin necesidad de palabras comodín que nos inviten a ser serios, remar en la misma dirección y cumplir la palabra que decimos tener, aunque la tengamos que leer, para criticar a otros.  Se echa en falta gente que hable con las tripas, que se apasione con lo que dice y no emplee las declaraciones como un escudo de último recurso. Sólo cuando la razón se alía con la pasión se consigue que lo importante resulte además interesante. Una práctica retórica que supone la mejor vacuna contra la demagogia de saldo que bisbisean embaucadores travestidos de demócratas. Ay, y hay tanto por ahí.

Palabras sueltas

Weblog sobre radio, comunicación e historias del día a día. Me defino como un radioyente metido a locutor, pues el periodismo siempre fue una excusa para acortar distancias.