No sólo de pan

No sólo de pan vive el hombre (sino también de ilusiones).

De tanto oírla. Esta frase, ahí donde la escuchan, es probablemente una máxima compartida en la actualidad por el 98 % de la población. A pie juntillas.

No sólo de pan vive…

Y que nadie piense que esto sea una crítica sutil a las personas con intolerancias alimentarias. Con el pan no se juega. Va de comida, aunque no sobre qué comer sino acerca de quienes lo hacen posible.


Siento ser yo quien se lo recuerde: pocos de quienes aquí nos reunimos a estas
horas aportamos gran cosa a la humanidad. No es personal. Tengo la certeza de
que ninguna de las actividades económicas que desarrolla(mos) el 98 % de la población vasca produce nada que nos permita llevarnos algo a la boca. Ningún presidente de
gobierno, lehendakari, consejero… Ningún doctor en economía, ni en otra rama del
conocimiento. Ni siquiera la persona con el cociente intelectual más alto es capaz
de sobrevivir por sí misma, salvo que coseche aquello que luego se come. Ni siquiera los
médicos que, aunque nos procuran la supervivencia en este planeta hostil, tampoco podrían alimentarnos con el fruto de su trabajo (si no tienen huerta además de consulta, claro)

Se nos olvida lo más básico: que la mayor parte de nuestros ingresos se basa en
el cambio de tiempo de trabajo (o de vida) por monedas, billetes o cifras en euros
sobre una pantalla táctil. Una cantidad variable que, a su vez, le permita a cada
cual canjear ese guarismo económico por recursos naturales con los que
satisfacer su hambre. Hambre, sí. (Por mucho que nos recomienden el ayuno
intermitente, todo ayuno tiene su fin si no queremos conocer el propio
).


En eso estaba pensando cuando vi una larga caravana de tractores que atronando
sus bocinas, nos apelaban al resto a la reflexión. A mi lado, un joven universitario,
con carpeta – y móvil, por supuesto- no levantó su mirada de su dispositivo para
encontrarse con la de un chaval que probablemente contaba con su misma edad.
Visto desde cierta distancia, a apenas unos diez metros, parecían estar en mundos
diferentes, aunque compartan el mismo. No hablo de estudios. Eso sería un prejuicio clasista.

Tampoco apelo a que son “nuestros” baserritarras -nuestros agricultores- porque, con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que ninguna profesión es más nuestra que otra. Nunca oirán en un medio que alguien diga “nuestros parados”, aunque ésta sí sea una responsabilidad compartida como sociedad. Siempre me ha parecido que más que pertenencia, el “nuestro” refleja idealización y cierta condescendencia. Y
esta última siempre puede interpretarse como que alguien deba algo a otro,
cuando generalmente sea al revés. Nos dan de comer.

Menos posesivos, más artículos determinados…. y mucha determinación. A los baserritarras y las baserritarras, que tradicionalmente han estado a su sombra, no les falta después de décadas de declive. Demagogia, me dirán. Pero es que aparte de dinero, nada de lo que hacemos los que no somos agricultores nos da de comer. Los países del Mercosur no tienen la culpa, pero nadie debe pagar los platos rotos. Y qué quieren que les diga, a mí se me cae la cara de vergüenza cada vez que pienso en que mis antepasados se deslomaban en su caserío mientras yo me dedico a juntar palabras hoy gracias a su esfuerzo. Confío en que al menos éstas sirvan para recordarnos, me incluyo, qué es esencial para la vida y quién dice serlo.

Manda huevos, que no me alcanza al precio que están. Tal vez deberíamos plantearnos todos una nueva reconversión del sector servicios, pero me da que tampoco para eso nos alcanzan estos.

Palabras sueltas

Weblog sobre radio, comunicación e historias del día a día. Me defino como un radioyente metido a locutor, pues el periodismo siempre fue una excusa para acortar distancias.