La entrevista tendría lugar en un lujoso hotel, del centro, claro. Me citó a las 6 de la tarde. Por desgracia la conversación con mi interlocutor no daría grandes frutos, más allá de lo que hoy comparta de aquel lujoso entorno. Que fue gratamente evocador y desconsoladamente previsible. El encanto de aquel espacio me cautivó. Aunque parece que fui el único.
Sencillez. Clasicismo. Distinción. Llegué con 5 minutos de antelación, dispuesto a escoger con tiempo un cómodo butacón. El servicio estaba compuesto por un jefe de sala, dos camareros y varios subalternos que no supe identificar en la jerarquía de aquel espacio palaciego. Me sentí cohibido cuando tan sólo quitarme la chaqueta, me invitaron a tomar asiento. Me desprendí del abrigo, elegí una butaca de fino tapiz y respaldo alto. La camarera me ofreció un cojín para descansar holgadamente. Sobre nuestra cabeza, la cúpula acristalada dejaba pasar la grisácea claridad propia de las últimas semanas de un lluvioso febrero.
La carta de té era extensa. Me decanté por una taza que, según el maître, era un tributo a una ciudad de contrastes, con cierto aire cítrico. Ideal para los scones. Dispuesto a disfrutar de la merienda, silencié mi móvil cuando el pianista se puso ante teclado. En aquel momento las notas empezaron a sobrevolar aquel espacio, decorando el hall alto de aquel hotel con los suaves acordes de a una melodía que grabé entonces y comparto ahora con ustedes:
Tomé un sorbo de mi taza. Estaba como un niño con zapatos nuevos. Jamás me había visto en una de esas y lo disfrutaba como un enano. Mi té, música… y, por un instante, me dio por mirar alrededor. En la mesa de enfrente dos chicas consultaban sus móviles sin mantener conversación alguna. A la izquierda, un treintañero con jersey al cuello se sacaba selfies para compartir con sus allegados -en realidad, “alejados”- aquel momento que vivía en soledad. Entró también media docena de conferenciantes a la sala contigua. Todos pasaron por delante del pianista sin detenerse en su buen hacer. Vi que entraban dos huéspedes de unos 50. Me dije: «estos sí que lo valorarán». Me equivoqué de plano. Se decantaron por dos vinos de gran solera y el sentido del gusto frente al oído. Nadie; ninguno de los presentes en aquella sala se dignó…
Espera, que parece que entra un joven con pintas de haber estudiado solfeo…
Nada, sacó también el teléfono.
Miré al músico. Estoico, impasible, profesional. Si alguien hubiera disparado al pianista, me temo que nadie habría reparado en el crimen. Víctima de estos tiempos de sobrestimulación, inmediatez y ceguera (o sordera) generalizada.
Cuando terminé mi taza, posé la cucharilla en el lateral del platillo, me limpié los labios con la servilleta bordada y me levanté. Al abandonar el hotel por la puerta principal, me detuve ante el jefe de sala, quien me preguntó por mi grado de satisfacción. «Todo excelente, mi enhorabuena al pianista«. A lo que él repuso: «le trasladaremos su comentario, creo que es el primero«.
No sé por qué pero su respuesta no me sorprendió en absoluto.








