Son cinco minutos. La vida es eterna en cinco minutos. Suena la sirena. De vuelta al trabajo, o a casa. Esa era la intención de la protagonista de esta historia hasta que mi presencia lo cambió todo. Llegué como una exhalación, singando a toda velocidad, picando rueda y levantando la gravilla que poblaba aquel solar. Piedrecitas en lugar de pedradas, pero piedras al fin y al cabo. Final de jornada. Eran las 6 en punto. Cerrado a cal y canto. Llegaba tarde por un mísero minuto. Mi primer pensamiento fue dar la vuelta y regresar con el humo entre las ruedas. Hasta que allí, dentro de aquel coche rojo, unos ojos de mujer me miraban con inquietud. Su vehículo estaba bloqueando la puerta de acceso. Entonces caí en la cuenta; ¿no será acaso trabajadora de la empresa? Hice un gesto, bajó la ventanilla y le pregunté por aquello de salir de dudas. Me confirmó mis sospechas y me dijo que estaba esperando para fichar. Que se cerraba a las 6, pero tenía que estar allí hasta las 6 y cinco. Para fichar.
¿Fichar para trabajar o trabajar para fichar? ¿Qué fue primero? ¿No es la patronal quien hablar de eficiencia frente a presencialidad? ¿Qué clase de jefes tenía? Podría haberle formulado el dilema que sopesaba en esa misma fracción de segundo. No lo hice, me lo reservé para ahora. Sólo le pregunté si podía acceder y me dijo lo que yo sabía: que había que llegar antes, que si cuando voy al supermercado me dejan comprar a última hora. Callé y desde la calma que hallé en mi interior convine con ella que tenía razón, que era tarde. Me callé que a mí me gustaría también tener opción de esperar a la puerta de mi trabajo para fichar. Me ahorré comentar que mi lista de fichajes está totalmente descompensada y que, aún así, siempre acumulo trabajo y no cobro más por esos minutos de vida que no volverán. Me limité a entender su situación y ella hizo lo mismo. Insistí en que no quería ponerle en un compromiso si su empresa no se lo permitía. Me dijo que ella también era persona. Y es ahí donde me agarro para celebrar que haya aún personas en este mundo: gente que ignora los protocolos y se pone en la piel de los demás, que es capaz de perder 5 minutos que no tiene para regalarlos a los demás.
Me consuela pensar que todavía, existe margen para hacer favores, que los sistemas operativos no bloquean las empresas a partir de la hora que marque la central ubicada en Frankfurt. También confío en que la palabra dada siempre tendrá valor…por mucho que tiremos de email como prueba irrefutable de nuestro buen proceder, que quedarán camarero que nos atiendan mirándonos a los ojos y no a un dispositivo… En fin, que quedará algo de nosotros por encima de las normas y tecnología de las que no hemos dotado.

Yo también soy persona, me dijo. Fue un día de suerte. No es fácil dar con personas que, cuando ven el pánico o desánimo dibujado en una cara ajena, den un poco de sí aunque sean 5 minutos. Los suficiente como para saltarse el protocolo de su empresa para abrir a deshora y ayudar a un pobre iluso que pasaba por ahí. Para no reducir tiempo de su vida a esperar para fichar… Ya dijo el sabio que si dejas que pase el tiempo sin hacer nada, pronto te darás cuenta de que solo vas a vivir una única vez. O como dicen que dijo Gandhi: «un minuto que pasa es irrecuperable. Conociendo esto, ¿cómo podemos malgastar tantas horas? »
Son cinco minutos. La vida es eterna en cinco minutos. Suena la sirena. De vuelta al trabajo y tú caminando lo iluminas todo, los cinco minutos te hacen florecer.
Victor Jara. Te recuerdo Amanda.







