Nos quejamos de prisas. De vivir con mucho estrés, de “no llegar” en nuestro día a día… Sin embargo, en ocasiones, la vida nos pasa por encima y es entonces, y sólo entonces, cuando entendemos el valor de cada minuto. Esos instantes en los que la adrenalina hace que todo se detenga. Que dentro de nuestra alocada carrera sin sentido el tiempo sea más lento, inversamente proporcional a la urgencia acuciante.
Una llamada del hospital, un aviso de que un familiar no se encuentra bien…
Ante una mala noticia, somos capaces de variar nuestra escala de valores y prioridades hasta límites que nos sorprenden por una valentía o un arrojo que no tendríamos en circunstancias normales. El espejo nos devuelve imágenes diferentes de nosotros mismos. Lo hemos visto también en las grandes catástrofes. Los héroes anónimos, vecinas y vecinos, que ante la tragedia se vuelcan en ayudar.
Algo coyuntural, puntual, que contrasta con el olvido y el proceso de asimilación posterior que padecen quienes lo han dado todo y se quedan vacíos cuando ese todo pasa y la adrenalina recupera sus valores normales.
Sin embargo, en el día a día, miles de personas comienzan cada jornada sabiendo que serán el apoyo fundamental de quienes pidan ayuda o socorro. Conductores de ambulancias, socorristas, enfermeras, médicos, asistentes, acompañantes y un largo etcétera de profesionales y oficios que asumen con normalidad lo que otros sólo afrontamos en contadas ocasiones. Por suerte.
Somos afortunados de ser diferentes. De convivir con personas capaces de dar lo mejor de sí, todos los días, y afrontar aquello para lo que el resto no somos capaces o, al menos, no todos los días.
Decía Voltaire que el arte de la medicina consiste en mantener al paciente en buen estado de ánimo mientras la naturaleza le va curando. Parece simplista y un tanto desafortunado, pero la paciencia frente a la incertidumbre tiene algo de terapéutico
Al fin y al cabo. el arte de curar es una obra que mezcla la ciencia, el amor y la dedicación. Allí donde los segundos parecen horas para el resto de mortales y aparece el buen hacer de quienes a esta hora, también en fin de semana, se disponen a enfundarse la bata médica, casaca, zuecos sanitarios o gorros quirúrgicos.








