Parecía un inocente reloj, pero estaba llamado a dejar en el paro a los gallos de corral. Su rítmico tic tac dio paso al sonido con el que amanecerían nuestros días.
En 1787, el estadounidense Levi Hutchins fabricó el primer despertador mecánico de la historia. Resulta que tenía que levantarse a las 4 de la mañana y puso esa hora por defecto. Y el despertador se convirtió en una herramienta para madrugadores. Siempre a las cuatro. Todas las mañanas como un clavo, en la cabeza. Durante 60 años, machaca que machaca, a las 4… Seis décadas, que es lo que tardó el inventor francés Antoine Redier en patentar un despertador ajustable. Se acabó el suplicio: el chisme permitía elegir la hora sin sobresaltar a deshora.
Cuentan que en aquellos primeros compases de la revolución industrial, el Reino Unido se despertaba gracias a los knocker-up, encargados de recorrer las calles y golpear con una varilla en las ventanas de los obreros para que llegaran con puntualidad a la fábrica. Hasta entonces, tanto el sueño, como la historia de la humanidad, había sido menos puntual y más placentera ya que todos confiaban salir del letargo diario gracias al canto de los gallos, el repique de campanas o los primeros rayos del sol.
Es más, en un paseo por Etxalar, los últimos testigos de la época del contrabando me reconocía abiertamente que, junto con las medias de cristal, los despertadores eran uno de los bienes más preciados y caros. Esto no hace 60 años, nos decían. Con el tiempo, incluso la radio se sumó a la familia madrugadora del que tomó su apellido para denotar una supuesta mayor utilidad: el radio despertador, capaz de darte los buenos días con tu emisora favorita.
Y luego llegaron ellos, con sus notificaciones, su personalización, incluso la posibilidad de establecer estadísticas de nuestro sueño. Los dispositivos móviles se han convertido en la clínica del sueño portátil. Así, gracias a sus detallados gráficos, descubrimos que cada noche podemos dormir incluso peor que la anterior como consecuencia, entre otros, del brillo de esa misma pantalla que demuestra que nos priva del sueño. Un círculo vicioso que nos recuerda que el progreso no ha supuesto per se una mejora esencial de nuestras condiciones de sueño. Más bien al contrario, ha modificado nuestros hábitos para producir más y mejor, en menos tiempo y con puntualidad. Y por si fuera poco, a decir de los expertos, podríamos ser víctima de ortosomnia, la obsesión por dormir bien que puede alterar la propia calidad de sueño.
Como dijo el otro: “soy entusiasta y abogo por madrugar hasta el momento exacto en el que el despertador me da la razón y empieza a sonar.”

Por suerte es domingo. Despierte con los primeros rayos de luz mientras suena la radio de fondo. Que lo disfrute.







