No, hija, nooo

Todo empieza con un desliz. Una palabra que se resiste. Un fíjate que no me viene a la cabeza. Pruebas con un silencio o con una pausa dramática. Y no: hay manera: tu cerebro se resiste a proporcionar esa palabra que ansías pronunciar, el nombre de la persona o la acción en la que te esmeras.  Lo tengo en la punta de la lengua. Y ahí se quedará.

Otra variante de lo anterior son los circunloquios. Momentos en los que te afanas adornando tu exposición mientras buscas con el otro hemisferio un término o explicación convincente que impida ver la palabra que no recuerdas y que, en realidad, oculta esa verborrea incontinente. El breve discurso recargado que se prolonga en el espacio tiempo y mediante el que te concedes unos segundos preciosos, aunque insuficientes, antes de darte por vencido y pronunciar aquello de se me ha ido el santo al cielo. Que ya puestos a elevar uno a los altares, San Antonio Ozores me parece el más apropiado para el caso que nos ocupa.  

Despiste, olvido u oxidación. Leo en un artículo médico que es normal empezar a tener olvidos leves, como olvidar el nombre de un conocido o dónde se dejaron las gafas, a partir de los 50-55 años, cuando el cerebro comienza a envejecer. Estos olvidos son intermitentes, no progresivos y no interfieren con la vida diaria. Aunque sí en la vida social o profesional. 

Pongamos por caso que sale una nueva artista, fugaz, como lo son el 80% de quienes pueblan nuestras pantallas; grandes y de bolsillo. Sucedió una noche. Un programa de entrevistas recibía a una chica, deliberadamente atractiva, por cierto.  No tenía pinta de escritora, pero tampoco de dramaturga… Cantante, deduje al leer sobre impresionada las palabras “próximos conciertos” Luego aparecieron los escenarios sobre los que iba a actuar… Que si Benidorm, Madrid, Barcelona.. Lo normal, me dije.. Luego salió París (vaya pensé) Y luego Los Ángeles, México… ¿Y quién será? Me acordé de que ahora todo se resumen en un hastag: La… no sé qué.

Al día siguiente comenté este suceso y no recordaba su nombre Lady Yil… o algo así.  Mis compañeros intentaron reconducirme hacia el nombre correcto, pero no había manera. Mi cerebro había interiorizado dos palabras y jamás de los jamases iba a permitirme pronunciar BadGyal. Hasta ahora que lo leo por escrito y confieso que, a pesar de sentirme un chaval, se me lengua la traba.  

Preocupado por este episodio, busqué en la red y di con un estudio publicado en la Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades en donde, bajo el título Sobreexposición Digital: El impacto neurológico del uso excesivo de pantalla concluye  que puede provocar un empobrecimiento del lenguaje oral, fatiga mental y alteraciones cognitivas que afectan la capacidad de atención, la memoria de trabajo y la regulación emocional. Ahí es nada.

¿Se acuerdan cuando hablábamos del tirón y podíamos terminar las frases sin pausas innecesarias?

Palabras sueltas

Weblog sobre radio, comunicación e historias del día a día. Me defino como un radioyente metido a locutor, pues el periodismo siempre fue una excusa para acortar distancias.