Volverán

Estaba dando un paseo y noté su presencia. El calor del suelo contrastaba con el giro del viento. Un aire fresco que aliviaba los rigores de ese verano para el que faltaban horas. 

Fue una sombra sobre la campa poblada de dientes de león, ya abuelitos, que cedían sus canas a la ligera brisa para esparcirlas caprichosamente sobre el campo. A cierta altura, su sonido reclamaba la atención: ahí estaban ellas pregonando, en círculos, lo que todos sabíamos por el sudor de nuestra frente…  

El contraste rojo azulado, la forma de sus alas, sus nidos en el alero.  

Las golondrinas me devolvieron de pronto un pasado remoto. La imagen del niño que estrena pijama corto después de los rigores del invierno. De aquel que cuenta las horas para colgar su cartera, cuando no más bien entregar los apuntes a las hogueras de San Juan. Esas noches vaporosas que contrastan con la frescura de cada nuevo día. El verano es un volver, regresar a aquellos días de aburridos paseos en familia, improvisados partidos de fútbol, carreras al bar más cercano para beber agua del grifo o a negociar con el de las chuches  “si me llega”  para un helado. Nunca llegaba… 

Una golondrina no hace verano.  ¿Y una pareja? 

Pasarán los años y otras golondrinas anidaron sobre nuestras cabezas dando forma a recuerdos más breves de ropa y profundos en el corazón. Siluetas bronceadas, deseos contenidos y amores de postal. Y mientras escribo ésta para despedirme por este verano, recuerdo que aunque el amor esté en todas partes, el estío siempre tuvo un punto melancólico en el adiós que nunca logró superar a la excitación propia del reencuentro.

Playa, montaña… Anidemos donde lo hagamos, las golondrinas nos recordarán cada día del verano que somos aves de paso…  En un eterno retorno a nuestro propio pasado y las cicatrices que éste dejó.  

Golondrinas, vencejos o gaviotas; buhos o autillos. Todas se preparan para acompasar el ritmo de nuestro descanso. Una melodía que, como también hoy esta columna, enmudecerá con la llegada del otoño.  

Hasta que llegue su silencio, aprovechemos el arrullo de su trino mientras nos encontrarnos con miradas en las que el paso del tiempo no ha logrado borrar aún el recuerdo de un vuelo de golondrinas. Aquel que una vez compartimos en la boca del estómago, junto a ella o él, en un verano como éste.  

Cambiará el ritmo, la canción del verano… pero no lo olviden: volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar. Feliz verano.

Palabras sueltas

Weblog sobre radio, comunicación e historias del día a día. Me defino como un radioyente metido a locutor, pues el periodismo siempre fue una excusa para acortar distancias.