Citas mundialistas actuales, ciudades (y partidos) que cuestionan la sede futura o debates sobre la silueta del territorio. El fútbol es así, y todo lo contrario. Por suerte, el calendario puede indicar lo que le plazca: todo mundial de fútbol comienza entre cromos, álbumes e intercambios infantiles, no siempre inocentes. Un trueque ágil, febril y ansioso por evitar el pago de los gastos de envío por esas imágenes que se resisten. No sólo jugadores, también estadios y momentos históricos de otras citas mundialistas pueblan las páginas que en apenas unos meses serán recuerdos y apenas 4 años después historia.
En el fútbol, como en la política, los referentes son fugaces, coyunturales y nostálgicos, si el tiempo transcurrido ha cicatrizado las marcas que toda fricción ocasiona entre líder y liderado. No conozco cromos de políticos, aunque los programas electorales suelen mostrar catetos; esto es, la baraja de diferentes familias políticas, por supuesto. No va a ser la segunda acepción de esta palabra recogida en el diccionario. Por quién me toman…
En todo equipo y partido, como en el vestuario, surge la autoridad moral del capitán o del secretario general de turno. Todo partido dura 90 minutos o una legislatura, según la competición deportiva o la incompetencia política. El tiempo del descuento se antoja siempre imprevisible, las aficiones se muerden las uñas, esperando el gol que conceda la victoria. Sea con la mano de Dios de Maradona, o con la mano ultraderecha que cuestiona la primacia electoral conservadora.
Y luego está el gol de oro que, de tanto ponerlo y quitarlo, no sabes con quién y hasta cuándo te juegas los cuartos (de final). El dinero siempre tentador adquiere forma de maletines para beneficio de las apuestas deportivas y desgracia de la honradez política. Supuestas comisiones que, en lo deportivo y en lo político, parecen cebarse con la prórroga de esta legislatura.
Un penalti -que no es otra cosa que un castigo, pero en inglés- cometido en el último minuto puede convertir el cromo más ansiado en el más denostado o perseguido. Sin embargo, todo dependerá de cuántas veces hayamos endiosado a ese ídolo frente a la idea real de la condición humana y su naturaleza. Porque, se consiga o no la victoria bien en el terreno de juego o en los despachos, la derrota siempre es una mierda; y si es de aquella manera, una mierda aún mayor. Por suerte, me consuelan, siempre nos quedará el ruby.








