Desobeder no era un verbo que se conjugase demasiado por casa. Un grito como reproche, una colleja preventiva y alguna zapatilla voladora. Poco más, vaya. Agresiones físicas y verbales, hoy convenientemente tipificadas, que hoy en día hubieran privado de libertad a buena parte de las madres y padres de aquella lejana infancia. Y encima siempre podías consolarte porque a ti no te castigaban como a no sé quién… Porque no sabes cómo era antes, ¡cuando tus abuelos! Si ibas a donde el profesor y respondías mal, te daban con varas de avellano en las manos.
La evolución humana hace que los 6 renglones que preceden a este que ahora leo suenen retrógrados; qué digo, paleolíticos; so pretexto del deber legal de corregir a sus hijos menores. Por eso llama la atención, y mucho, que quienes tienen la exclusividad para la aplicación de la fuerza no midan, no ya ésta, sino las consecuencias de sus actos. La desobediencia civil, tan valorada en Gandhi, no cuenta con el mismo aplauso cerrado si nos toca más de cerca. Siempre habrá matices justificados en el “si pero es que…“, que replican los niños cuando quieren excusarse y no saben cómo justificar la travesura. Ójala se quedara en esto, claro.
El principio de autoridad se gana, no con palos –ni en las ruedas ni a personas en el suelo- sino mediante la racionalidad y contención, con la responsabilidad de quien se sabe en posesión de una competencia exclusiva como es el monopolio de la fuerza.
A este lado del Atlántico, la ciudadanía cedió al colectivo esta agresiva potestad individual. Nadie lo preguntó, pero sobre el papel y a ojos de la historiografía moderna, resulta más políticamente polite. Y eso que para esto nunca se convocó una comisión bilateral entre quienes hipóteticamente hubieran preferido defenderse por sí mismos y el Estado competente en la materia del palo y la zanahoria. No, aquí no se cerraron traspasos. El Estado se reservó esta potestad y si te picas, no respires. Que casi mejor, porque ya vemos lo que sucede en USA, la tierra de las oportunidades… y los tiroteos.
Por eso, y pese a todas las circunstancias que rodearon al incidente del aeropuerto de Bilbao, hay imágenes que no deberían producirse. Bajo ningún pretexto. Basta con apelar y recordar la misma contención que se exige a las familias para corregir comportamientos infantiles. Porque siempre habrá quien te venga a buscar la boca. Y como tengo una, puede que me equivoque. Una vez más, una de tantas.
En árabe ṣumūd signifca «perseverancia, constancia», y se utiliza para designar la actitud de los palestinos frente a la colonización israelí. Que nada empañe la reivindicación ética ni eclipse la denuncia de esta aberración inhumana que Israel comete en Palestina: leo esta misma semana que al menos 72.819 palestinos han muerto desde octubre de 2023.








