Les sitúo. Hotel Carlton de Bilbao. Su entrada principal cuenta con un porche de estilo Segundo Imperio francés y Beaux-Arts. Cuentan que en el centenario soportal los huespedes no compartían acceso con su equipaje. Hubo un tiempo, pensé, en que el estruendo de las maletas rodantes no precedía a los forasteros ni desvelaba nuestra condición de turistas en el verano que este miércoles termina. Cavilaba sobre esto mientras aguardaba el cambio de color semafórico. Me disponía a cruzar la calle Elcano, esa esquina en donde todo peatón ha temido, teme o temerá que una rueda monte sobre su pie.

Ella no.

Cargada con su maleta, su indiscreta conversación competía ante el agudo sonido de bocinas y el ruido ronco de autobuses sin CO2 que rivalizan con los decibelios del gremio del taxi y los VTC en vísperas de Bilbao sin mi coche. Semana de la movilidad y del móvil, añadí mentalmente.

Ella seguía a lo suyo.

Su vista no se separaba de la pantalla. Sus oídos estaban convenientemente aislados por auriculares. Conexión plena con la telefonía, completamente ajena a lo que le rodeaba y vociferando ante alguien lejos de allí o sordo como una tapia.

Fue entonces cuando surgió la sombra a su espalda.

Lentamente.

La amenaza se cernía sobre nuestra involuntaria protagonista. Ella seguía absorta mirando las 6,9 pulgadas de cristal que asía sobre su mano…

Una barredora se aproximaba lentamente. Entonces todos los peatones de la acera opuesta empezamos a bracear, alertados ante el final incierto de aquella ignorante de su propia suerte. La barredora aminoró su velocidad. Ella dio un paso. La barredora giró media rueda. y tuvo el tiempo justo de frenar en seco a su espalda. Tres veces, tres, pudo habérsela cepillado…

Según la Fundación Mapfre, un 98 % de los accidentes de tráfico donde el peatón es el responsable directo se debe al uso “absorbente” de los teléfonos inteligentes. Paradójicamente, aislarse con cascos en la vía pública es totalmente legal si deambulas como peatón, aunque está prohibido y multado si conduces un vehículo a motor, bicicleta o patinete.

Por suerte, concluí, mi match peatonal se fue incólume. Ajena al pitido del vehículo y al revuelo general, siguió su camino sin percatarse de nada. Apenas dedicó un segundo para estudiar altiva mi cara de pasmo, tal vez previendo que estaba escrutando sus formas, y modales. Andaba en lo cierto en esto último.

Pensé en la necesidad de un pacto para el uso responsable de pantallas y me dio por tararear a Mocedades. Creo que se lo tomó a mal.

Palabras sueltas

Weblog sobre radio, comunicación e historias del día a día. Me defino como un radioyente metido a locutor, pues el periodismo siempre fue una excusa para acortar distancias.

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