Excepción sin regla (I): aquella noche

Este diario de a bordo no ha nacido para exhibir anécdotas, recuerdos o curiosidades profesionales. Aquí no padecerán de análisis político ni postureo periodístico. Sin embargo, hay fechas que superan todo principio, que invitan a hacer una excepción por lo extraordinario del acontecimiento. Cinco años después hoy es uno de esos días, una de esas noches.

Todavía quedaba un rato para ver de nuevo el sol. Recuerdo que a esa hora me encontraba sacudiendo manta y galbana. El reloj había marcado las 7 de la tarde. Entiendo su estupor horario, aunque todo tiene explicación exceptuando ciertas decisiones. Algunos meses atrás, alguien, en algún despacho, había sentenciado que aquel curso radiofónico velara armas -teclado y micro- para honrarme con la edición y presentación de informativos. Horario de 1:15 a 8:23 horas. No cabía recurso, pues contaba con antecedentes en la materia.

Así que, volviendo al instante, me acababa de despertar y en breve almorzaría a deshora. Aquella tarde de octubre sonaba de fondo el radiodespertador. Desde el otro lado del altavoz Ramsden dijo que ETA lo dejaba. Tras una semana frenética y la pista de aterrizaje dispuesta en Aiete,  ETA se despachaba a sí misma anunciando el «cese  definitivo de su actividad armada« En otras palabras, el fin de la coacción, delación, muerte… Encendí la televisión para que mis ojos confirmaran mejor lo que bien había oído. Todavía hoy me siento incapaz de descodificar aquel instante. Fue y continúa constituyendo un momento indescriptible. ETA se hacía añicos en apenas  2 minutos y 38 segundos de vídeo. Una declaración fugaz y de recuerdo nebuloso, como la coincidente muerte de Gadafi. «Frente a la violencia y la represión, el diálogo y el acuerdo deben caracterizar el nuevo ciclo» 829 muertes, 829 víctimas de una sinrazón que su propio comunicado ni siquiera se molestó en justificar. 43 años de muerte y violencia organizada se resumían en una declaración que contó con un inusual crédito entre la clase política y, por contra, escasa confianza ciudadana.

No iba a dormir, no. Como muchos que a aquellas horas devoraban información en Internet mientras Javier Domínguez despertaba la noche en la radio. En cambio, supongo que otros al fin lo lograron. Descansaron, libres de una larga pesadilla. Una buena noche. Sin ataques de sueño ni párpados plomizos. El cansancio se diluía al comprobar como aquel informativo monográfico iba cobrando cuerpo al compás del reloj. Pronto llegarían las 6 de la mañana y con ellas un recuerdo sonoro que me acompañará mientras viva:

PlayerGran día para vivir, buena noche para soñar y la mejor noticia con la que puede despertarse todo país: la paz.

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