Social (media) fatigue

He chapado Facebook en mi móvil. Y soy más feliz. Como el 3% de la población en lo que va de año. La excusa oficial son los 500 megas que ocupa la dichosa aplicación; el motivo real: cada hora consumida por vidas ajenas. No es nada personal. Siempre me movió la curiosidad, pero nunca fui cotilla. Soy más de dimes que de diretes; más de chistes que de chismes. A veces resulto patético – ya, probablemente siempre lo sea-; soy incapaz de recordar una cara. Ni siquiera la de mi farmacéutica de toda la vida cuando no lleva bata. En resumen, no interpreten estas líneas como un boicot a Silicon Valley donde, por cierto, tampoco lo tienen demasiado claro. Dejémoslo, pues, en que me faltan apptitudes para esta red.

Tampoco me las quiero dar de guay, conste. No se trata de exclusividad. Somos legión, o al menos centuria. Titular: el 45% de españoles dejó una red social durante los últimos años. Y en el cuerpo de la noticia: portales especializados lo han bautizado como social media fatigue Que es – intuyo – una forma elegante de estar hasta las arrobas. Un anglicismo que, dicho sea de paso, cuenta con alternativas en español. En resumidos cuentos, una apatía generada por la sobreinformación y dependencia de las redes sociales. Tampoco en el terreno empresarial faltan voces. Quejas del tiempo dedicado a tal empresa, a esa otra que no es la propia, y se llama Facebook.  O lamentos contables ante la falta de ROI.

– ¿ROI? 
– La pela es la guita, caballero;
o de dónde sacar perras para pagar todo este cyber-embolado, señora)

Sin duda las redes sociales no son la panacea, pero sí un aliado indispensable para los negocios. Dotan de visibilidad a sus productos y servicios, establecen canales de comunicación bidireccional, etcétera. Ahora bien, aplicado a la vida personal: ¿es recomendable seguir la misma estrategia? ¿Por qué debemos publicitar todos nuestros actos? ¿Confundimos transparencia con exhibicionismo? Me gustaría tener una respuesta inequívoca para cada cuestión. Y podría dejarlo así, en el manido recurso literario de las preguntas retóricas. Sin embargo animo a quien deslice su vista sobre estas líneas a responder por sí mismo -o misma y mismamente en su mismidad- qué le llevó a estas redes y qué beneficios reales obtiene. Las empresas lo saben: estar por estar no tiene sentido. El 63% de los estudiantes británicos dice que le da igual que haya redes socialesTo be or not to be. Porque serestar serán lo mismo en inglés, pero no es igual en ninguna parte. Tampoco en Internet. Y en esto la juventud es un grado. Los más imberbes no se andan con chiquitas, aunque ellas sí lo sean: no les mola Facebook y se evaden en Instagram.

Porque de esto van las redes: de evasión. Pienso que esa fatiga no es media, sino plenamente social. Escapamos de una realidad gris para teletransportarnos a una dimensión paralela de caras sonrientes. Abrimos nuestros dispositivos prestos a encontrar lo que nos falta a este lado de la barrera de coral. Somos un banco de peces datos que acaba capturado por la red. Rumbo a puerto y bajo la amenaza de piratas que aspiran al botín. Nuestros macerados recuerdos vivirán ahí para siempre. Apretujados hasta licuarse en forma de sopa de noticias confusas, collage surrealista de fotos, macedonia de vacaciones griegas o detritus de opiniones e infundios.  No hagan sangría de lo que escribo. Y si así fuera, que sea en Facebook. Nos leemos en la versión desktop.

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